Durante semanas intenté convencerme de que estaba exagerando, pero una madre sabe cuándo el silencio de su hijo ya no es tranquilidad, sino miedo. Daniel siempre había sido de esos niños que parecen tener una batería secreta dentro del cuerpo. Corría por el departamento, armaba fuertes con sábanas, se inventaba guerras espaciales con cucharas de madera y hablaba incluso dormido. Por eso me resultó tan antinatural verlo sentado durante largos ratos, encorvado, con una mano presionándose el vientre y la otra buscando la mía sin decir nada.
Al principio pensé que sería un virus de esos que van y vienen. Le hice caldos, le di suero, le medí la temperatura cada dos horas y esperé. Pero el dolor no se fue. Cambió. Se volvió más profundo, más extraño, como si algo lo apretara desde dentro. Daniel ya no pedía cereal con chocolate, ya no protestaba para ir a dormir y hasta dejó de mirar sus caricaturas favoritas. A veces lo encontraba mirando un punto fijo en la pared, respirando con cuidado, como si cada movimiento le costara.
Mi esposo, Carlos, reaccionó con una indiferencia que me fue helando poco a poco. Antes yo ya sabía que no era un hombre cálido. Era seco, rápido para molestarse, obsesionado con el dinero y con que nadie alterara sus rutinas. Pero con Daniel se volvió casi hostil. Cuando el niño se doblaba del dolor, Carlos decía que estaba manipulando. Cuando yo insistía con el médico, me acusaba de convertir cualquier cosa en tragedia. Una noche, mientras Daniel dormía sobre el sofá con la frente perlada de sudor, le dije que no me importaba el costo de una consulta. Carlos dejó su teléfono sobre la mesa con un golpe y me miró con una mezcla de fastidio y alarma que entonces no supe leer.
Me dijo que los hospitales solo servían para inventar enfermedades, que los niños imitan lo que oyen y que yo estaba malcriando a Daniel con tanta atención. En aquel momento me sentí furiosa, pero no asustada. La parte del miedo vino después, cuando empecé a notar pequeños detalles. Daniel se ponía rígido cuando oía las llaves de Carlos en la puerta. Si su padre entraba en la habitación, él escondía el vientre con los brazos y bajaba la mirada. Una tarde le pregunté si había pasado algo con papá y mi hijo respondió demasiado rápido que no, que nada, que solo quería dormir.
Entonces recordé que, desde hacía varios meses, Carlos estaba raro. Trabajaba como supervisor de turno en una empresa de paquetería cerca del periférico de Guadalajara. Siempre había sido nervioso, pero aquello era distinto. Llegaba con el teléfono pegado a la mano, salía al balcón para hablar en voz baja y guardaba una caja metálica con llave dentro del armario del pasillo. También había empezado a apostar. Primero eran partidos de fútbol; luego, carreras, peleas, cualquier cosa. Yo lo descubrí porque una noche vi en su banca digital cargos pequeños, muchos, todos a casas de apuesta. Cuando le pregunté, dijo que era su forma de desahogarse y que no me metiera.
La mañana en que llevé a Daniel a la clínica no lo hice por valentía, sino por puro instinto. Había pasado la noche despierta escuchando sus quejidos. A las seis y media, en cuanto Carlos salió rumbo