la calle húmeda después de una lluvia de verano, el banco frente a la biblioteca, la manera en que Sofía había llorado tratando de no arruinar su propia felicidad por la beca.
Recordaba haberle prometido que él sería un lugar al que siempre podría volver.
—¿Qué necesitas ahora? —preguntó al fin.
Sofía tardó unos segundos en responder.
—Mi padre se está muriendo.
Cáncer de páncreas.
Está en cuidados paliativos.
Los médicos dicen que le queda muy poco.
Mark apoyó los codos sobre la mesa y bajó la cabeza un instante.
Shen Chen nunca lo había querido cerca de su hija.
No porque Mark fuera un mal muchacho.
Justamente ese era parte del problema.
Era bueno, sensible, inteligente, pero no encajaba en la visión feroz que Shen tenía del futuro de Sofía.
Él quería conquistas, prestigio, seguridad, poder.
No un joven que hablaba con pasión sobre poesía, educación pública y el deseo de enseñar a otros a pensar.
—Tu padre jamás me soportó —dijo Mark.
—Te respetaba más de lo que te dejó ver —contestó Sofía—.
Solo pensaba que yo perdería algo si te elegía.
—Viendo dónde llegaste, quizá creyó haber hecho bien su trabajo.
Sofía lo miró de frente.
—Llegué lejos.
Pero eso no significa que llegara completa.
Mark levantó la vista.
La frase lo desarmó un poco.
Entonces Sofía abrió su bolso y sacó un sobre viejo, amarillento, con el papel suavizado por el tiempo.
Lo dejó sobre la mesa y lo empujó hacia él.
Mark lo tomó con manos lentas.
Reconoció la caligrafía al instante.
Era suya.
Una versión juvenil de su propia letra, inclinada y desordenada.
Sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Qué es esto?
—Una carta que me escribiste en octubre de 2006 —dijo Sofía—.
Nunca la vi.
Mi padre la guardó.
Y no fue la única.
Mark se quedó quieto, mirándola.
—No.
—Sí.
Sofía respiró hondo.
—Anoche confesó todo.
Guardó tus cartas.
Me hizo creer que me habías olvidado a las pocas semanas de llegar al MIT.
Me dijo que habías decidido quedarte con una chica de aquí, que no querías cargar con una relación a distancia, que eras demasiado cobarde para decírmelo de frente.
Mark sintió que la cocina se encogía.
—Yo te escribí durante meses —dijo, casi sin voz—.
A la dirección del taller.
Tú misma me dijiste que mandara todo allí mientras te asignaban dormitorio fijo.
—Lo sé ahora.
—Y cuando dejaron de responderme, él vino a verme.
Sofía parpadeó.
Mark apretó el sobre entre los dedos.
—Me dijo que tú necesitabas empezar tu vida de verdad, que él me estaba haciendo un favor al pedirme que no te buscara más.
Me dijo que escribirte solo te distraería, que yo era una etapa bonita pero inconveniente.
Yo tenía dieciocho años, Sofía.
Me humilló tanto que no pude ni defenderme.
El silencio que siguió fue casi insoportable.
Desde el pasillo, Emma apareció apoyada en el marco de la puerta.
No dijo nada.
Solo miró a su padre con una mezcla de preocupación y sorpresa.
Era la primera vez que lo veía así: no triste, no cansado, sino herido por algo mucho más antiguo que ella.
Sofía se volvió hacia la chica y suavizó el gesto.
—Perdona por llegar así.
Emma negó con la cabeza.
Tenía la sensibilidad de su padre y la