Asintió.
Miraba el césped y no a mí.
“Esta casa es tuya este verano”, le dije. “No hace falta que estés tan pendiente de todo.”
“Lo sé.”
“¿Y los guantes?”
Su respuesta salió demasiado rápida.
“Mis manos son sensibles.”
“¿Sensibles cómo?”
“Se resecan. Se enfrían.”
Aquello sonó aprendido, no vivido.
Como una frase memorizada.
Podría haber seguido. Podría haber insistido. Pero vi a Lila en la cocina mirándonos a través de la ventana con una esperanza frágil, y decidí retroceder. No quería que Nate sintiera que su nuevo refugio se estaba convirtiendo en otro interrogatorio.
Así que lo dejé estar.
Hasta aquella madrugada.
Me despertó el sonido del agua corriendo en el baño del pasillo. Eran más de las dos de la mañana. Al principio pensé que Nate simplemente se había levantado a lavarse la cara o que quizá se encontraba mal. Pero el sonido no era normal. No era abrir el grifo un momento y ya.
Era agua constante.
Y un roce repetido.
Como alguien restregando algo con desesperación.
Esperé unos minutos en la cama, pensando que se detendría. No se detuvo.
Me levanté y caminé hasta el pasillo. La luz del baño se colaba por debajo de la puerta. Toqué suavemente.
No hubo respuesta.
Toqué otra vez.
Nada.
La puerta no estaba cerrada con llave. La abrí apenas unos centímetros.
Nate estaba frente al lavabo.
Los guantes negros descansaban sobre la encimera, doblados con un cuidado casi ritual. El agua caía sobre sus muñecas mientras él se frotaba las manos una y otra vez con una fuerza que no tenía nada que ver con higiene. Era como si intentara borrar algo de su piel.
Entonces vi sus palmas.
Y sentí que el corazón se me detenía.
No era una simple resequedad.
No eran manos “sensibles”.
Las palmas estaban cubiertas de cicatrices finas, redondas en algunas zonas, alargadas en otras. Había partes donde la piel se veía brillante y tensa, como si hubiera sanado mal. También había pequeñas áreas más nuevas, rojizas, todavía irritadas. Parecía el mapa de un daño repetido durante mucho tiempo.
Nate levantó la vista y me vio en el espejo.
Se quedó inmóvil.
En su cara no apareció rabia. Ni vergüenza primero.
Apareció terror.
Un terror puro, automático, infantil.
—Por favor —susurró—. No le diga a mi padre.
Esa frase me heló más que sus manos.
No dijo “no le diga a nadie”.
No dijo “no mire”.
Dijo “no le diga a mi padre”.
Apagué el impulso de hacerle diez preguntas de golpe. Entré despacio al baño, cerré la puerta detrás de mí y me apoyé contra ella para que entendiera que no iba a dejarlo solo, pero tampoco iba a invadirlo.
—Nate —dije con el tono más calmado que pude encontrar—. No voy a hacer nada que te ponga en peligro. ¿Me oyes?
Él no respondió.
Seguía con la respiración corta.
Le tendí una toalla. Tardó unos segundos en tomarla.
—¿Te duele?
Negó con la cabeza.
—¿Te pasó hoy?
Volvió a negar.
—¿Te lo hiciste tú?
Esta vez cerró los ojos.
Y ese gesto fue respuesta suficiente.
No porque significara exactamente eso, sino porque dejaba claro que la verdad estaba relacionada con algo demasiado grande para decirlo de una vez.
Lila apareció en el pasillo al oír movimientos. Abrí la puerta y le pedí con la mirada que no hablara fuerte. Entró, vio las manos de Nate y se llevó una mano al pecho. Luego hizo algo que le agradeceré toda la vida: no dramatizó. No exclamó. No lo inundó con lástima.