Intentó incorporarse y casi cayó de nuevo. Se apoyó en el borde del maletero, salió como pudo y tomó aire con tanta violencia que por un segundo Elena pensó que se desplomaría ahí mismo.
—Agua… —murmuró.
Ella rebuscó en su bolsa y sacó una botellita de plástico a medio llenar. Era lo único que tenía para el camino de vuelta. Dudó apenas un instante antes de ofrecérsela.
El hombre bebió como si esa agua fuera la última cuerda que lo mantenía unido al mundo.
Entonces levantó la vista hacia ella.
Y todo cambió.
Su expresión se rompió de una forma que Elena jamás había visto en un adulto. No fue solo sorpresa. No fue simple confusión. Fue el impacto brutal de algo que le atravesó el alma.
Se quedó mirándola con incredulidad.
Mirándole los ojos.
La nariz.
La pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
La botella se le resbaló de la mano y cayó a la tierra. Sus labios temblaron. Después, lentamente, como si las piernas hubieran dejado de obedecerle, cayó de rodillas delante de ella y comenzó a llorar.
No lloró con discreción.
Lloró como alguien que había contenido un dolor insoportable durante años y de pronto ya no podía sostenerlo más.
Elena dio un paso atrás.
—Señor… ¿está bien?
Él alzó una mano hacia ella, pero no llegó a tocarla.
—No puede ser… —susurró—. No puede ser…
Elena volvió a sentir miedo, pero no el miedo de una amenaza clara. Era algo peor: el miedo de no entender por qué un extraño la miraba como si acabara de aparecer un fantasma.
—No te voy a hacer daño —dijo él, al notar que ella retrocedía—. Perdón… perdón… solo… dime tu nombre.
—Elena.
El hombre cerró los ojos con fuerza, como si aquel nombre terminara de quebrarlo.
—¿Tu apellido?
—Hayes.
Él soltó un sonido extraño, entre sollozo y jadeo.
—Dios mío…
—¿Usted quién es? —preguntó Elena—. ¿Lo metieron ahí?
El hombre miró alrededor, como si recordara de pronto que seguía en peligro. Cuando habló, bajó la voz.
—Me llamo Gabriel Vale.
El nombre no significó nada para Elena. Pero si cualquier adulto de la ciudad lo hubiera escuchado, se habría quedado helado. Gabriel Vale era dueño de empresas de transporte, hoteles, edificios, naves industriales. Su rostro había aparecido en periódicos, entrevistas y pantallas de televisión. Era uno de esos hombres que parecían vivir tan lejos de la gente común que casi pertenecían a otro planeta.
Sin embargo, allí, cubierto de polvo, de rodillas frente a una niña flaca con la camiseta descolorida, no parecía un magnate.
Parecía un hombre roto.
—Necesito que me escuches —dijo—. ¿Vives con tu madre?
Elena frunció el ceño.
—¿Cómo sabe que vivo con mi madre?
Él se quedó inmóvil un segundo, como si hubiera dicho más de lo que debía. Los ojos se le llenaron otra vez.
—Porque… —empezó, pero no terminó.
A lo lejos se escuchó el motor de una camioneta.
Gabriel giró la cabeza con terror inmediato. No era un sobresalto cualquiera. Era el miedo reconocido, el miedo con nombre.
—Tenemos que salir de aquí —dijo, poniéndose de pie con dificultad—. Ahora mismo.
—No me voy con usted.
—No, no… conmigo no. Solo escóndete. Por favor. Si te ven conmigo, no sé qué harán.
Aquello hizo que Elena se quedara quieta.
No porque entendiera todo.