Sino porque por primera vez sintió que aquel hombre temía más por ella que por sí mismo.
Gabriel se quitó la chaqueta y la lanzó sobre el maletero abierto para disimularlo. Después volvió a mirarla con una mezcla insoportable de miedo, ternura y culpa.
—Tu madre… —murmuró—. ¿Tu madre se llama Marian?
Elena sintió un vacío en el estómago.
Nadie en aquel barrio conocía a su madre como Marian. La llamaban Mari, la señora del tercero, la enferma, la que limpiaba casas antes de caer en desgracia. El nombre completo pertenecía a otra vida.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó.
La camioneta sonó más cerca.
Gabriel respiró hondo.
—Porque te he buscado toda mi vida sin saber que eras tú.
Elena no alcanzó a procesarlo.
Su madre siempre había dicho que su padre desapareció antes de que ella naciera. Nunca quiso contar más. Jamás habló con odio, pero tampoco con cariño. Solo cerraba la conversación diciendo que algunas historias, si se abren, vuelven a sangrar.
El ruido del motor ya estaba casi encima. Gabriel se inclinó rápido hacia el borde del maletero y metió la mano dentro del forro lateral.
—Escúchame. Si nos separan o si algo me pasa, hay un sobre aquí dentro. Tu nombre está escrito. Guárdalo y dáselo solo a tu madre. Solo a ella. ¿Entiendes?
Elena asintió, demasiado confundida para otra cosa.
La camioneta dobló la esquina del solar.
Gabriel se enderezó justo cuando dos hombres bajaron del vehículo. Uno era alto, de barba corta y expresión dura. El otro, más bajo, tenía una chaqueta marrón y esa calma de quienes se creen dueños del miedo ajeno.
—Ahí estás —dijo el alto, avanzando con media sonrisa—. Qué mala costumbre la tuya, Gabriel. Siempre complicándolo todo.
Gabriel se colocó apenas delante de Elena.
—Déjenla fuera de esto.
El hombre de la chaqueta marrón miró a la niña con desinterés calculado, como si evaluara si valía la pena preocuparse por ella.
—¿Quién es? —preguntó.
—Nadie —respondió Gabriel demasiado rápido.
El error fue evidente.
El hombre sonrió.
—Entonces no te importará que se quede.
Elena quiso correr, pero Gabriel habló antes, con una firmeza que no había tenido ni un segundo antes.
—¡Corre, Elena! ¡Ahora!
Ella echó a correr sin mirar atrás.
Escuchó gritos.
Pasos.
El corazón parecía golpearle la garganta. Cruzó la valla caída, se raspó una pierna con un alambre, dobló por el callejón y se metió entre dos contenedores hasta quedarse sin aire. Permaneció allí, temblando, durante varios minutos, con la bolsa apretada contra el pecho y la mente hecha pedazos.
Cuando por fin reunió valor para asomarse, la camioneta ya se alejaba.
El sedán negro seguía allí.
Y Gabriel ya no.
Elena volvió al coche con las piernas flojas. Miró alrededor, rezando no saber a quién, y palpó dentro del maletero hasta encontrar el forro suelto. Detrás había un sobre grueso, manchado de polvo, con una sola palabra escrita al frente en letra temblorosa:
Elena.
Lo metió bajo la camiseta y corrió a casa.
Vivían en un apartamento estrecho, en un edificio donde la pintura se caía de las paredes y las tuberías protestaban de noche. Cuando Elena entró, encontró a su madre medio incorporada en la cama, sudorosa, con los ojos apagados por la fiebre.
—¿Dónde estabas tanto tiempo? —preguntó Marian, intentando sonar firme, aunque se notaba agotada.