—Llevaba años sin encender —dijo Elena—. Yo no pude hacerlo sola.
Me acerqué por puro reflejo, igual que con la podadora.
La corriente estaba conectada. El cable viejo estaba entero. El polvo fino cubría la carcasa, pero las piezas principales no estaban mal. Moví con cuidado la perilla, probé el mecanismo, ajusté la rueda y levanté la tapa. El olor a metal tibio, grasa reseca y película guardada llenó el estudio.
Elena no apartaba los ojos de mis manos.
Yo tampoco quería pensar por qué.
—Puede funcionar —dije al cabo de un momento—. Pero hay que convencerlo.
Ella soltó una exhalación temblorosa, casi una risa rota.
—Eso mismo decía él.
No pregunté más. Si lo hacía, tal vez salía corriendo.
Trabajé en silencio durante varios minutos. Aflojé una pieza, limpié el cabezal, revisé una banda endurecida y humedecí con cuidado una zona donde el mecanismo se había pegado. El proyector se resistió al principio. Luego emitió un zumbido grave. Después un chasquido. Al tercer intento, el motor respondió con una vibración insegura, pero viva.
Elena se llevó una mano a la boca.
Yo levanté la mirada hacia ella.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Ya encendió —dije, y mi voz me salió más baja de lo normal.
Ella asintió. Después abrió una de las cajas y sacó una lata metálica con una etiqueta escrita a mano: “Para Diego”.
Mi nombre, en una letra que yo no conocía, me hizo sentir un frío absurdo a pesar del calor del verano.
Elena colocó la cinta con manos temblorosas. Yo apagué la luz principal. El estudio quedó en penumbra, atravesado apenas por el brillo lechoso de la ventana y la respiración mecánica del proyector.
La primera imagen tardó unos segundos en estabilizarse.
Y cuando apareció, sentí que algo en mí se partía.
Era el patio trasero de una casa que reconocí de inmediato, aunque en la filmación se viera más viejo, con menos plantas, sin la ampliación del techo y con las bardas recién pintadas.
Era la casa de mi madre.
La imagen tembló un poco. Luego ella entró al cuadro. Tenía veintitantos años, el cabello suelto, un vestido claro y una mano apoyada en un vientre redondo de embarazo.
Mi respiración se detuvo.
Ella se reía de algo fuera de cámara.
Entonces una voz masculina dijo:
—No te muevas, Lucía, o este hijo nuestro va a salir en pantalla antes de nacer.
La risa de mi madre se cortó en seco dentro de mí.
No porque en la cinta ella siguiera sonriendo.
Sino porque yo acababa de escuchar las palabras “este hijo nuestro”.
El estudio desapareció. Guadalajara desapareció. Hasta Elena desapareció por un momento. Solo existían la pantalla, la voz de ese hombre y la certeza brutal de que yo estaba viendo una escena que no encajaba con ninguna historia que me habían contado.
La imagen siguió unos segundos. Mi madre miró a la cámara con una ternura que nunca le había visto en fotos viejas.
—¿Y si es niña? —preguntó ella.
—Entonces me voy a pelear con el destino porque yo ya me encariñé con el nombre Diego —respondió él, riéndose.
La película se detuvo abruptamente y la pantalla quedó en blanco un instante.
Luego apareció Esteban.
Estaba sentado frente a la cámara en ese mismo estudio, unos años mayor que en la fotografía. Tenía el rostro más delgado, las manos entrelazadas y una mirada tan directa que me resultó insoportable.