Era solo un hombre que había llegado tarde, se había equivocado muchas veces y, aun así, había intentado quererme como pudo.
Durante las semanas siguientes fui y vine entre dos duelos y dos lealtades. Hablé con mi madre hasta vaciar la rabia. Escuché más de una vez a Manuel decir que entendía si necesitaba distancia. Volví al estudio de Elena para ver las cintas una por una. En una aparecía mi madre leyendo en voz alta cuando aún estaba embarazada. En otra, Esteban filmaba las jacarandas del callejón mientras decía, fuera de cámara, que ojalá yo heredara “la paciencia de los árboles y no el desastre emocional de los adultos”.
A veces me reía.
A veces me daban ganas de aventar el proyector por la ventana.
Supongo que así se acomoda una verdad cuando llega tan tarde: desordenándolo todo antes de encontrar dónde vivir.
Un sábado por la tarde, ya entrado agosto, encontré a Manuel en el taller arreglando la misma podadora vieja con la que todo había empezado. La vecina se la había dejado porque volvió a fallar.
Me quedé viéndolo trabajar en silencio.
Sus manos no eran como las mías ni como las de Esteban. Eran más toscas, más golpeadas, llenas de cicatrices pequeñas. Manos de hombre que había sostenido demasiado sin hacer ruido.
—Te va a ganar esa máquina —le dije al fin.
Él levantó la vista, sorprendido.
—No sería la primera vez.
Me acerqué. Le señalé una pieza mal ajustada. La enderezamos entre los dos. El motor respondió al segundo intento.
Nos quedamos oyendo el ruido parejo unos segundos.
Y entonces dije la frase más difícil que he dicho en mi vida.
—No sé qué hacer con todo esto, papá.
Él se quedó inmóvil.
No por el problema.
Por la palabra.
Se quitó los lentes. Se limpió los ojos con el dorso de la mano, disimulando mal.
—No tienes que resolverlo hoy —contestó—. Ni mañana.
Yo asentí.
No nos abrazamos de inmediato. No somos de esos. Pero algo se aflojó para siempre en ese taller.
Meses después, cuando el calor empezó a bajar y las primeras hojas secas aparecieron bajo las jacarandas, tuve una idea que habría asustado al Diego de antes.
Arreglé por completo el proyector de Esteban.
Me llevé varias noches entre piezas, correas, limpieza fina y pruebas. Elena me observaba desde la puerta del estudio con una mezcla rara de ternura y dolor. Cuando por fin encendió sin titubeos, me miró como si hubiera visto volver una parte de su esposo.
Le propuse hacer una proyección en el patio.
Invitamos a mi madre, a Manuel y a dos amigos cercanos de Elena que habían conocido a Esteban en la universidad. Nada grande. Nada escandaloso. No quería un juicio familiar. Quería un cierre.
Esa noche colgamos una sábana blanca entre dos columnas del porche cubierto de azulejos. El aire olía a tierra húmeda y menta. Elena sirvió agua de jamaica, la misma con la que la había visto el primer día. Mi madre llegó con los nervios en la cara. Manuel cargó las sillas sin decir mucho. Nadie sabía muy bien dónde poner las manos ni los recuerdos.
Cuando el proyector lanzó el primer haz de luz sobre la tela, sentí que por fin todo aquello dejaba de ser una emboscada y se convertía en una verdad compartida.