—Lo sé.
Miré las cajas.
—¿Mi mamá sabe que usted me mostró esto?
—No. Esteban quería que la supieras por él. Aunque fuera tarde.
Había una carta sobre la mesa, la misma que había visto debajo de la cinta. Mi nombre estaba escrito en tinta azul.
La tomé sin abrirla.
—Necesito ir a mi casa —dije.
Elena me acompañó hasta la puerta. Antes de salir, me detuve.
—¿Usted me conocía? Quiero decir… ¿sabía quién era yo todos estos años?
—Sí —dijo con honestidad dolorosa—. Pero nunca te seguí. Nunca me acerqué con mentiras. A veces te veía pasar. A veces Esteban te veía desde la ventana y se quedaba callado durante horas. No fue una vida justa para nadie, Diego. Solo fue la que quedó.
Yo asentí sin mirarla y crucé el callejón con la carta apretada en la mano.
Mi madre estaba en la cocina cuando entré. Cortaba jitomates como cualquier otro mediodía del mundo. Cuando me vio la cara dejó el cuchillo sobre la tabla.
—¿Qué te pasó?
Puse la carta frente a ella.
—Fui a la casa de Elena Ramírez.
No necesitó más.
La vi ponerse blanca. No pálida. Blanca, como si de pronto le hubieran borrado la sangre del rostro.
—Diego…
—No me digas “Diego” como si eso arreglara algo —solté, y hasta yo me sorprendí de lo roto que me salió—. Dime la verdad. Toda. Ahorita.
Mi madre se sentó despacio, como una persona mucho mayor que sus años. Tardó un momento en hablar.
Y luego me contó una historia que sonaba demasiado miserable para ser inventada.
Sí, había amado a Esteban.
Sí, quedó embarazada de mí cuando él se fue a la capital con la beca.
Sí, mi abuelo interceptó las cartas y le juró que Esteban la había abandonado.
Sí, cuando se vio sola, asustada y expulsada de la casa de sus padres, Manuel fue el único que no la juzgó.
—No me “rescató” como en un cuento —me dijo con los ojos llenos de vergüenza—. Me ofreció respeto. Me ofreció su apellido para ti. Me dijo que nadie iba a señalarte como hijo de un error. Y yo acepté porque estaba aterrada.
—¿Y cuando Esteban volvió?
Mi madre bajó la cabeza.
—Ya te cargaba Manuel. Ya te habías dormido en su pecho. Ya lo seguías con los ojos. Él sabía que podías no ser suyo y aun así te quería como si hubieras salido de él. No supe cómo romper eso. No supe cómo arriesgarme a que te pelearan, a que te usaran, a que te confundieran. Y después… después cada año era más difícil que el anterior.
—Así que mintieron.
—Sí —dijo ella, llorando ya sin intentar evitarlo—. Te mentimos. Pero nunca porque no te quisiéramos.
Yo me apoyé en la barra de la cocina, respirando como si me hubieran corrido varios kilómetros sin aviso.
—¿Papá sabe que fui con Elena?
—No.
Fui al taller del fondo antes de pensarlo demasiado.
Manuel estaba reparando el ventilador de una vecina. Tenía los lentes bajos sobre la nariz y una llave inglesa en la mano. Al verme, se quedó quieto. Supongo que entendió enseguida.
Nunca había notado lo cansado que estaba.
Tal vez siempre lo había estado.
—Tu mamá ya te dijo —murmuró.
No pregunté cómo lo sabía. A veces treinta años de matrimonio crean sus propios sistemas de alarma.