La imagen se volvió más cercana. O tal vez fui yo quien se inclinó sin darme cuenta.
—Manuel ya te había recibido como suyo antes de que nacieras. Te dio su apellido. Te sostuvo cuando tu mamá estaba rota y asustada. Te enseñó a caminar, a comer, a defenderte. Yo llegué tarde a una historia que él había mantenido de pie mientras a nosotros nos la desbarataban los demás. Y aunque me moría por entrar, entendí que hacerlo de golpe habría sido arrancarte el piso.
Apreté los puños.
Porque durante años yo había visto a mi padre como un hombre áspero, difícil, encerrado en sí mismo. Había creído que su silencio era distancia. Que su forma torpe de querer era poco amor. Y en esa pantalla, un muerto me estaba obligando a reescribirlo todo.
—No desaparecí porque no te quisiera —dijo Esteban—. Me mantuve lejos porque Lucía y Manuel me pidieron tiempo. Luego pasaron los años. Después vinieron mis cobardías, mis excusas, mis miedos. Siempre parecía haber un momento mejor para decirte la verdad. Y el momento mejor nunca llegó.
Hizo una pausa larga.
—Conocí a Elena cuando yo ya entendía que hay amores que no regresan, pero sí dejan luz. Ella supo de ti desde el principio. Nunca me pidió que te olvidara. Al contrario: me ayudó a guardar cada carta, cada película, cada cumpleaños en el que te vi crecer sin tocar la puerta. Si hoy puedes odiarme menos, se lo debes a ella.
Elena soltó un sollozo a mi lado.
Yo no podía mirarla.
—En las cajas vas a encontrar cartas para cada año de tu vida —siguió Esteban—. No te las mandé. No supe cómo. Algunas son torpes, otras ridículas. Pero todas las escribí pensando en ti. También hay recibos, documentos y una cuenta de ahorro que abrí para que estudiaras lo que quisieras sin deberle nada a nadie. Manuel nunca quiso un peso mío para criarte. Decía que un padre no presenta factura. Así era él.
Entonces Esteban sonrió por primera vez. Una sonrisa cansada y extrañamente parecida a la mía cuando intento no llorar.
—Si has llegado hasta aquí, te toca saber lo más importante. La sangre explica cosas, sí. Los gestos, las manos, tal vez hasta la forma de mirar. Pero no explica quién se quedó cuando había fiebre, cuando faltaba el dinero, cuando te rompieron el corazón por primera vez o cuando te volviste insoportable a los quince años. Eso lo hizo Manuel. No salgas de aquí creyendo que la verdad te quita un padre. La verdad solo te devuelve toda tu historia.
La cinta terminó con un siseo bajo.
Yo seguí sentado, sin moverme, mientras el carrete giraba vacío.
Elena fue quien apagó el proyector.
Durante un rato no hubo sonido en el estudio. Afuera, a lo lejos, se escuchó el ladrido de un perro y el paso de un camión en la avenida. La vida de la colonia seguía normal. La mía no.
—¿Cuándo murió? —pregunté por fin, con la garganta hecha polvo.
—Hace ocho meses —respondió Elena—. Cáncer de páncreas. Fue rápido al final. Quiso buscarte varias veces, Diego. Pero cuando se enteró de lo avanzado que estaba, le dio miedo llegar a tu vida para irse enseguida.
Me reí sin humor.
—Pues le salió perfecto.
Elena no se defendió. Solo asintió, como si yo tuviera derecho a todas las asperezas del mundo.